Desnudo

GREGORIO MORALES

Erotismo literario

PÁGINAS ERÓTICAS

Gregorio Morales Desnudo


Gregorio Morales, "Los deleitosos pasatiempos divinos"

En otros momentos, era Nemesia la que atraía por completo la atención del monarca. Sabía ingeniárselas de modo que el interés de éste nunca decayera. Imprimía a su cuerpo un atractivo irresistible, intensísimo, lo cual, unido al hecho de que se inventaba las más originales y excitantes prácticas amorosas, permitía comprender que, nada más verla, una sofocante fiebre sexual se apoderara de Borticón. Se salía entonces el pobre de sí, y ya era sólo un cuerpo convulso y estremecido, traspasado de continuo por eléctricos cimbronazos de goce. Como aquel día en que, tras un largo y placentero vuelo por todo el Iberolimpo, decidieron descansar sobre un inmenso campo de amapolas, tan abigarrado y luminoso que más bien parecía un tapiz de rubíes. Allí, extenuados por el calor y la fatiga, se despojaron de todas sus ropas, abandonándose a la recíproca desnudez. No tardaron en sentirse atraídos ante la vista de sus carnes palpitantes. Se entregaron, pues, poco a poco, tranquilamente, a los besos y escarceos. Los regueros de sus mutuas salivas sobre sus cuerpos eran como circuitos de refrigeración que desafiaban a la calina reinante. Nemesia alargó la mano y tomó un puñado de amapolas con las que acarició todo el cuerpo de Borticón sin olvidar resquicio alguno, por lo que el sexo se le endureció y levantó como un inmenso y altivo animal. Hacia él llevó la hermosa inmortal las carmíneas flores e inició unas suaves caricias. Pasaba con delectación las amapolas por cada una de sus partes: tan pronto se detenía en el bálano desnudo, cubriéndolo con sus bermellones y frescos pétalos, tan pronto surcaba la base cavernosa y pétrea, o bien cosquilleaba dulcemente los turgentes y temblorosos testículos. Después, el contacto se fue haciendo más duro, más violento: ya no posaba imperceptiblemente los pétalos, sino que los aplastaba y estrujaba contra el sexo, impregnándolo en el choque de su tinta rojiza, convirtiéndolo paulatinamente en zumo sangriento, en líquido incandescente extendido a lo largo y ancho. Borticón no pudo resistir por mucho tiempo aquel satánico contacto; en un abrir y cerrar de ojos, su enorme miembro fue un surtidor intermitente de yeso líquido; el esperma dejó gotas blanquísimas entre las láminas de las flores que aún restaban intactas, mezclándose igualmente con el yodo de los pétalos reventados.

Gregorio Morales, Y Hesperia fue hecha.


Gregorio Morales, "El último fornicio de Borticón"

Todo estaba preparado para el día de la confabulación. Nemesia se había puesto a retozar en una algodonosa y blanca nube. Recostada indolentemente, echaba la cabeza hacia atrás, al tiempo que movía brazos y piernas. Una luz cinérea le iluminaba el flanco derecho, de modo que la inmortal parecía una diosa planetaria, el cuerpo fabricado a retazos de casiterita, cuarzo y azulado corindón. Pero con el continuo movimiento de los cumulonimbos, la iluminación cambiaba a menudo, metamofoseándola con los tonos más diferentes: tan pronto vestían sus carnes prietas y suaves con los rayos del iris -violeta vibrante, verde limón, tenue amarillo, hialino rosado-, tan pronto la envolvían en lúbrica luz negra que se ajustaba a la figura con su cadencia infrarroja, blanqueando de nácar purísimo sus ojos almendrados y sus dientes geométricos; convirtiendo su epidermis en cálido terciopelo adornado por minúsculos diamantes que brillaban intermitentemente. Otras veces, los rayos hacían que su cuerpo pareciera simplemente un cuerpo de mujer admirablemente forjado y que mostraba un color bruno y uniforme, pura madera siena. En esos momentos, sus semiesféricos senos se proyectaban más atractivos, su carne extendida y repartida por efecto de la posición recostada, la areola y la dulce yema alzándose desafiantes en medio de la elástica masa. Por entre sus piernas caía una sombra opaca y taumatúrgica.
Borticón, que después de su recobrada tranquilidad gustaba de pasear por el altísimo firmamento, contempló la liviana escena: la muelle nube con sus lascivas oquedades, la tenue iluminación, el dulce abandono de Nemesia, sus umbrosas e imantadas negruras, sus pechos extendidos elevándose al compás de la respiración... En pocos segundos, se inflamó. Se lanzó entonces vertiginosamente hacia aquel vapor de caolín. Y nada más llegar, dejó libre su largo y erecto falo, y, tras abrir frenéticamente los muslos de Nemesia y separar con su manos expertas las puertas de rubí, le introdujo su príapo de enormes proporciones. Y, juntando su esmegma con el de la diosa, pudo deslizarse suave y fácilmente por las acuanosas paredes de la sima. Pero no se asentó definitivamente en ella. Muy al contrario: como sus poderes le permitían tener aspermatismo todo el rato que deseara, paseó una y otra vez su hinchada fusta a lo largo de la crica, introduciéndola y sacándola parsimoniosamente. Un gusto intensísimo los envolvía a los dos.
Prasupada contemplaba, desde una nube próxima, la fornicación de ambos progenitores, acariciados sus oídos por el continuo jadear. Acechaba la ocasión oportuna y justa para intervenir, siguiendo paso a paso el plan previsto.
Llegó un momento en que las acometidas de Borticón tomaron un ritmo más rápido y sus ojos se desorbitaron. Incitado por su madre (lo cual no quería decir que hubiera dejado de sentir un profundo placer), Prasupada se acercó sigilosamente a la nube nupcial. Con el mayor tiento y procurando no ser visto por su padre, se introdujo en ella, y, cuando el carajo avasallador -ya casi presto a la extasiante deshicencia final- regresaba de una de sus acometidas, lo agarró con una mano mientras que, con la otra, en la que esgrimía una afiladísima y aguda navaja, le daba un tajo feroz.

Gregorio Morales, Y Hesperia fue hecha.

 


Abulí - Saurí, 1997


 


Abulí - Saurí, 1997


 


Desnudo años 20


 

Gregorio Morales, "Y Hesperia fue hecha"
Portada de la novela de Gregorio Morales, Y Hesperia fue hecha


 


José Mª Rodríguez Acosta, Desnudo tendido, 1934


 


Carlos Pájaro, 1997


 


Kiko Feria, 1987